A veces, no todo está bien

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La verdad es que no sé ni por dónde empezar. Me ha llegado un correo electrónico automático avisando que próximamente caducará este dominio, y he entrado en la cuenta de las veces que he dejado este proyecto abandonado.

Por una razón u otra, siempre he antepuesto un proyecto ajeno o me he volcado de lleno en el trabajo sin sacar tiempo para mí, y lo más importante, tiempo para escribir. Aunque las visitas de esta web son residuales, fruto de la casualidad y del loco algoritmo de Google, aquí estamos otra vez, con el blog desaliñado y los artículos perdidos (una vez más) por algún tipo de broma cósmica que quiere que vuelva a repasar una y otra vez las entradas que escribí antaño.

Al menos, tengo copia de seguridad de todo y, bueno, ahora Google no es tan quisquilloso. Gracias a la inteligencia artificial, analiza e indexa contenidos sin necesidad de que el ser humano se lo ponga fácil y se pase horas editando los metadatos de la publicación para ganar puntos.

Mucho ha llovido desde la última vez que publiqué; sin duda, el pasado verano me dio fuerte y me convertí en todo un crítico de cine. Y es que eso resume prácticamente mi tiempo libre: ver series, películas y, sobre todo, leer.

Volví en un momento de mi vida en el que empezaba a ver la luz, en el que comencé a tener una rutina cero tóxica. Después, volví al hoyo y caí como nunca. Es más, hasta comencé terapia. Sí, terapia. Y sin duda, aunque ha sido algo sanador, también ha sido algo duro, pues a veces, al darte cuenta de la realidad, el golpe es mucho más grande.

Puse todo en standby e incluso di de baja todas mis redes sociales. Porque al final, vivía en ellas pero no estaba viviendo mi propia vida, y eso, amigos, es muy, muy triste. ¿Qué pasó después? Que vino la caída, y no hablo en sentido metafórico; me caí, sí, y me rompí el tobillo en tres junto a la tibia, y aún estoy sufriendo las secuelas de esa caída.

Si algo he tenido en estos meses en los que no he podido apenas levantarme del sofá, es tiempo para pensar (y para engordar). Pensando, he descubierto una verdad universal: que siempre he estado y estoy para los demás, pero los demás, no todos están para mí. Otra verdad dolorosa. También he aprendido que tengo amigos en los que puedo contar, que estarán ahí pase lo que pase, a pesar de las guerras que podamos tener a nuestro alrededor, y otros… bueno… creo que a estas alturas ya no los puedo catalogar como amigos. Digamos que son personas que están a tu lado porque necesitan algo de ti, pero en el fondo, no puedes contar con ellos.

Lo bueno de todo esto es que hemos cambiado el chip, tanto mi marido como yo, y a partir de ahora hemos decidido ser egoístas y pensar únicamente en nosotros, nuestra familia y todos aquellos que realmente están ahí.

Poco más que decir, si estás ahí al otro lado, gracias por leerme.

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